Sangre y lodo emulsionados como capa perfecta y uniforme cubrían una buena porción de la tierra, que en esos tiempos todavía no se llamaba tierra.
En aquél segundo desaparecía entre los cerros el último eco de un llanto desgarrador, y se fué, creyendo que razguñando el polvo podría mantenerse por un momento más en su cuerpo, que yacía sobre su propia sangre aún caliente.
Nada sabe excepto lo que está sintiendo, sus heridas ya no duelen, no existen... el bálsamo de la muerte ha frenado todo dolor y toda miseria padecida... sin que tenga que pensar nada, sólo bastó que deseara vagamente un lugar para descansar, entonces su espíritu, puro, desnudo, por fin liberado, emprendió un viaje inmediato, sintiendo la exquisitez del viento en su Ser, ya no había piel, ni huesos, en fin, no estaba dentro de esa cárcel que llamamos cuerpo, ahora se encontraba su esencia perenne sintiendo sin dimensiones ni límites los soplidos mismos de Dios, que movieron su alma en éxtasis por la infinidad de todos los universos.
Entonces vió, entonces sintió, entonces viajó... pero hubo un sólo lugar donde no pudo entrar ni conocer, donde ni siquiera los ojos infinitos de su espíritu pudieron hacer evidente la realidad oculta de la siguiente dimensión. Entonces descubrió nuevamente la cólera, la ira más profunda e intensa... pisó fuerte sobre el infinito; y volvió a pisar más y más duro... el infinito entero se remecía; en cada golpe, estrellas y soles nacieron de esa furia eterna; y el guerrero sigue golpeando su suelo imaginario con sus pies también imaginarios, se crearon más estrellas y más soles... todos los universos desprendidos de su furia siguen siendo azotados... las dulces melodías del soplido de Dios se entremezclaron en perfecto contrapunto con sus gritos de odio... y mordía el viento, pisaba el centro del universo, rasguñando cada trozo de vacío, danzando al ritmo de su propia incomprensión.